Rosa García & Adrián Porcel
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Fábrica de la luz
Rosa García y Adrián Porcel, 2026.
Vídeo, 12 min, 30 seg.
Vídeo.
Capturas del vídeo.
Podré morir, pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tus desgracias. Ten cuidado; pues no conozco el miedo y soy, por tanto, poderoso. Vigilaré con la astucia de la serpiente, y con su veneno te morderé. ¡Mortal!, te arrepentirás del daño que me has hecho.
Mary Shelley, 1818 [1]
Fábrica de la luz es una videocreación que explora los complejos vínculos entre el ser humano y su entorno desde la ficción especulativa. La obra tensiona las dinámicas de poder ejercidas sobre el paisaje y revela cómo, dentro de un marco capitalocéntrico, se levantan jerarquías que asignan posición y valor a cada agente implicado. La pieza se articula a partir de un texto que concede voz al propio territorio. Desde esa enunciación desplazada, el ecosistema interpela a la humanidad mediante una disertación que entrelaza imaginarios de inteligencia material, reflexiones sobre el control del horizonte y analogías con los procesos de devastación espacial. La naturaleza emerge como presencia que ha desbordado el dominio humano y que, por esa fuga, es percibida como monstruosa.
La propuesta sostiene que toda forma de existencia emerge en correspondencia, y que ninguna entidad puede comprenderse al margen de los vínculos que la constituyen. La fricción sobre las estructuras de poder que configuran el paisaje dialoga con la crítica de Donna Haraway, especialmente frente al excepcionalismo humano y la ilusión de autosuficiencia [2]. En el contexto que la obra examina, las jerarquías no sólo distribuyen recursos, sino que también organizan percepciones y determinan qué entidades son reconocidas como agentes, mientras otras quedan relegadas a la condición de fondo explotable.
Conceder palabra al suelo que habitamos implica desarticular la economía de la visibilidad y reconocer la espesa maraña de interdependencias que vincula lo humano con lo no humano. La noción de «compost» que Haraway examina permite pensar estas interacciones como un flujo continuo de transformaciones entre cuerpos, tiempos y factores diversos, en los que cada existencia depende de otras. La perspectiva de Anna Tsing amplía esta lectura al situar la devastación como rasgo histórico desde la cual emergen formas precarias de coexistencia [3]. El paisaje convocado por Fábrica de la luz no se presenta como un escenario clausurado, se configura como un ámbito atravesado por continuidades inesperadas, donde la vida persiste en los márgenes de la explotación y la ruina.
La noción de inteligencia material que reverbera en la disertación se aproxima al discurso que Laura Tripaldi desarrolla, donde la materia es pensada como un sistema dinámico [4]. Ello no permanece inmóvil ni pasivo, registra, responde y reorganiza las fuerzas que lo afectan. Las grabaciones de plataformas petrolíferas y minas de carbón, procesadas hasta adquirir cualidades expresivas, muestran que la devastación deja marcas audibles, como si estas sustancias hubieran desarrollado una fisiología forzada bajo presión extractiva. De manera complementaria, el uso de sintetizadores modulares como extensión del cuerpo sonoro refleja esta ontología relacional, donde cada variación altera y depende de su conjunto y evidencia la imposibilidad de una acción aislada.
En dicho marco conceptual se inscribe Frankenstein (1818) de Mary Shelley. La criatura ensamblada a partir de restos permite pensar la producción técnica como un acto que genera formas de vida perforadas por violencia estructural no elegida. Lo monstruoso deja de nombrar lo extraño y se convierte en núcleo conceptual que devuelve la mirada y evidencia la responsabilidad contenida en cada gesto creativo y reformador. La obra desplaza así la atención de la obsesión por aprender a vivir hacia la urgencia de aprender a morir como práctica de transmisión y cuidado. La muerte se concibe como redistribución elemental en un mundo compartido y como reconocimiento de la vulnerabilidad que enlaza infraestructuras, organismos y territorios en una misma red de codependencia.
[1] Shelley, Mary: Frankenstein o el Moderno Prometeo. Trad. Francisco Torres Oliver. Madrid: Alianza Editorial, 2011, p. 206. Ed. original: 1818.
[2] Haraway, Donna: Staying with the Trouble. Making Kin in the Chthulucene. Durham: Duke University Press, 2016.
[3] Tsing, Anna: The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins. Princeton: Princeton University Press, 2015.
[4] Tripaldi, Laura: Parallel Minds: Discovering the Intelligence of Materials. Londres: Urbanomic, 2022.
Texto del vídeo:
No sabría decirlo con certeza. Hubo un instante en que me apeteció demoler la casa entera, con sus vidas adhesivas a las paredes, y que sus gritos me apaciguaran. La confesión quedó suspendida en un resuello helado y, con tibieza ártica, una caricia de polvo retrajo los párpados hasta las montañas. Inclino la cabeza y tomo oxígeno gris —ese aliento sucio que ahora es nuestra creación favorita— y pienso en la forma de lo tierno como un animal temblando en pie. Ay, dulce bestia, escúchame.
Fue un amable castigo, el incendio verde. Similar a una herida que arde y es artífice de vidas a medias. Si la piel cubierta de muerte pudiera ser contenida por algo de amor sería un monte o una nube, respiraderos de humedad por donde el dolor podría sumirse. Y pisaría esa esponja de oportunidades, bebería su inmensidad para enjuagar la garganta del dolor y de ceniza traicionada. Y ahora —ahora— me precipitaría en el tóxico que ahúma en mí hacia dentro. Emana una esencia que colorea mi carne de un verde que no coincide con los otros. Mi verdor nos separa, siempre tú lo dominas. Lo vi, una prisión que es a la vez un esquema del mundo, reducido por avispas mecánicas. El sonido del peligro, un presagio. Cuál criatura lastima mientras duerme, hablando en sueños. Yo asilvestrado causo estragos susurros. Dicen —los diagnósticos— que mi lenguaje induce insomnio. No lo sé. Tal vez el precio por despertar de una noche devorada.
Tú controlas con caricias y les aseguras a todos que vienes de cuidarme. Ellos controlan su horror por estar de pie sobre el monstruo y no a la altura de sus calamidades. Pienso con frialdad. La criatura simbiótica agarra a su huésped con el miedo en sus uñas, una luxación para al fin habitar con firmeza sobre lo que es suyo, dejándome vencer. Ambos sentimos culpa. Así es el paisaje, y así la línea que sentencia la propiedad de cada uno, su clase de inteligencia, su fuerza. Construyes tus sistemas desde las alturas, precipitando un aluvión de contingencia sobre cada una de las partes, pero las estructuras más complejas son agentes inestables, órganos de casualidad, materias por sorpresa, espejos de orden que concentran la temible luz del día. Da inicio el asedio de las ruinas hasta que, en su nueva furia, vivan.
Los obsoletos gigantes ahora que son gólems se despiertan de entre el óxido de sus instalaciones, desentierran su vieja inercia, de barro y hueso. Y pienso, como se piensa en voz baja, que el contacto no es sino un trueque de experiencias o, cuanto menos, de consecuencias. Pero ¿qué sucede si no hay nada que intercambiar? Si un elefante no es una bacteria gigantesca, un océano no puede ser simplemente un cerebro desparramado. El virus, pulsión que olvida la vida y dispone de una voracidad autómata. Se da un festín parasitario del organismo que infecta, sigue no-viviendo hasta que le conviene, entonces se muere. Vuestro modo de contacto es el mismo, mas el empeño en domesticar la naturaleza de las cosas es la profunda sombra del hombre. Dispones de una posición simplista que da sentido a tu especie, por encima de todo. Saber morir complicaría tu cuerpo y se convertiría en un proceso viral, dejarías de ser inteligente, te desmoronarías. Pero tú eres simple y no sirves de compost para el florecimiento herido. Tu conocimiento es praxis de la matanza.
Los muertos que dejas a tu paso vagan desobedientes gracias a su lucidez ácida; son restos en su naturaleza zombi, gobernables sólo por hechicería. Dicha podredumbre corroe el corazón del capitalismo verde. Humusidades surgen de esta isla de descomposición, un suelo enriquecido por todas tus caídas, por los fosfatos del colapso que saben a tronco quemado, declives potásicos de un olor a bosque de Birnam. Me temes porque dejas un rastro útil. Ningún cohete que te pertenezca alcanzará las tantas terminaciones nerviosas de una galaxia. No hay combustible para alargar más la vida, ni para pulverizar el tejido tierno que cobijo entre mis estratos basales. Tu destrucción será reveladora, y llegarás, sí, a otra boca del mundo —muy equivocado si crees que serás inmune— y también allí tendrás que aprender a morir.
Esta obra se ha realizado en el marco de una estancia de investigación en el Departamento de Bellas Artes de Iceland University of the Arts, Reikiavik, coordinada por Bjarki Bragason.