Rosa García & Adrián Porcel

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Fábrica de la luz


Rosa García y Adrián Porcel, 2026.

Vídeo, 12 min, 30 seg. 



Vídeo.









Capturas del vídeo.


Podré morir, pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tus desgracias. Ten cuidado; pues no conozco el miedo y soy, por tanto, poderoso. Vigilaré con la astucia de la serpiente, y con su veneno te morderé. ¡Mortal!, te arrepentirás del daño que me has hecho.

Mary Shelley, 1818 [1]


Fábrica de la luz es una videocreación que explora las complejas relaciones entre el ser humano y su entorno desde la ficción especulativa. La obra tensiona las dinámicas de poder ejercidas sobre el paisaje y deja al descubierto cómo, dentro de un marco capitalocéntrico, se levantan jerarquías que ordenan la posición y el valor de cada agente implicado. La pieza se articula a partir de un texto que da voz al propio territorio. Desde ahí, el paisaje interpela a la humanidad mediante una disertación que entrelaza imaginarios de inteligencia material, reflexiones en torno al control del horizonte y una analogía directa con los procesos de devastación espacial. La naturaleza emerge como una entidad que ha escapado al dominio humano y que, por ello, es percibida como monstruosa. En este desajuste se inscribe la figura concebida por Mary Shelley, entendida no como anomalía, sino como vida fabricada, ensamblada desde restos, forzada a existir dentro de una violencia que no ha elegido. Como en Frankenstein (1818), lo monstruoso deja de nombrar lo extraño para convertirse en aquello que sostiene la mirada y la devuelve, revelando la responsabilidad incrustada en todo gesto de producción. El registro sonoro se construye a partir de sintetizadores modulares, cuyo funcionamiento depende de la interrelación constante entre sus componentes. A este entramado se suman grabaciones de plataformas petrolíferas y minas de carbón, distorsionadas hasta adquirir cualidades expresivas, como si el territorio hubiera sido presionado a desarrollar una fisiología audible e impropia. Estos procedimientos permiten cuestionar el impacto de las intervenciones humanas y activar reflexiones asociadas al concepto de compost, entendido como una red de transformaciones y continuidades entre cuerpos. Desde esta perspectiva, la obra desplaza el foco de la obsesión por aprender a vivir hacia la urgencia de aprender a morir, concibiendo la muerte como un acto de transmisión generacional y de cuidado del mundo.


[1] Shelley, Mary: Frankenstein o el Moderno Prometeo. Trad. Francisco Torres Oliver. Madrid: Alianza Editorial, 2011, p. 206. Ed. original: 1818. 


Texto del vídeo:

No sabría decirlo con certeza. Hubo un instante en que me apeteció demoler la casa entera, con sus vidas adhesivas a las paredes, y que sus gritos me apaciguaran. La confesión quedó suspendida en un resuello helado y, con tibieza ártica, una caricia de polvo retrajo los párpados hasta las montañas. Inclino la cabeza y tomo oxígeno gris —ese aliento sucio que ahora es nuestra creación favorita— y pienso en la forma de lo tierno como un animal temblando en pie. Ay, bestia dulce, escúchame.

Fue un amable castigo, el incendio verde. Similar a una herida que arde y es artífice de vidas a medias. Si la piel cubierta de muerte pudiera ser contenida por algo de amor sería un monte o una nube, respiraderos de humedad por donde el dolor podría sumirse. Y pisaría esa esponja de oportunidades, bebería su inmensidad para enjuagar la garganta del dolor y de ceniza traicionada. Y ahora —ahora— me precipitaría en el tóxico que ahúma en mí hacia dentro. Emana una esencia que colorea mi carne de un verde que no coincide con los otros. Mi verdor nos separa, siempre tú lo dominas. Lo vi, una prisión que es a la vez un esquema del mundo, reducido por avispas mecánicas. El sonido del peligro, un presagio. Cuál criatura lastima mientras duerme, hablando en sueños. Yo asilvestrado causo estragos susurros. Dicen —los diagnósticos— que mi lenguaje induce insomnio. No lo sé. Tal vez el precio por despertar de una noche devorada.

Tú controlas con caricias y les aseguras a todos que vienes de cuidarme. Ellos controlan su horror por estar de pie sobre el monstruo y no a la altura de sus calamidades. Pienso con frialdad. La criatura simbiótica agarra a su huésped con el miedo en sus uñas, una luxación para al fin habitar con firmeza sobre lo que es suyo, dejándome vencer. Ambos sentimos culpa. Así es el paisaje, y así la línea que sentencia la propiedad de cada uno, su clase de inteligencia, su fuerza. Construyes tus sistemas desde las alturas, precipitando un aluvión de contingencia sobre cada una de las partes, pero las estructuras más complejas son agentes inestables, órganos de casualidad, materias por sorpresa, espejos de orden que concentran la temible luz del día. Da inicio el asedio de las ruinas hasta que, en su nueva furia, vivan.

Los obsoletos gigantes ahora que son gólems se despiertan de entre el óxido de sus instalaciones, desentierran su vieja inercia, de barro y hueso. Y pienso, como se piensa en voz baja, que el contacto no es sino un trueque de experiencias o, cuanto menos, de consecuencias. Pero ¿qué sucede si no hay nada que intercambiar? Si un elefante no es una bacteria gigantesca, un océano no puede ser simplemente un cerebro desparramado. El virus, pulsión que olvida la vida y dispone de una voracidad autómata. Se da un festín parasitario del organismo que infecta, sigue no-viviendo hasta que le conviene, entonces se muere. Vuestro modo de contacto es el mismo, mas el empeño en domesticar la naturaleza de las cosas es la profunda sombra del hombre. Dispones de una posición simplista que da sentido a tu especie, por encima de todo. Saber morir complicaría tu cuerpo y se convertiría en un proceso viral, dejarías de ser inteligente, te desmoronarías. Pero tú eres simple y no sirves de compost para el florecimiento herido. Tu conocimiento es praxis de la matanza. 

Los muertos que dejas a tu paso vagan desobedientes gracias a su lucidez ácida; son restos en su naturaleza zombi, gobernables sólo por hechicería. Dicha podredumbre corroe el corazón del capitalismo verde. Humusidades surgen de esta isla de descomposición, un suelo enriquecido por todas tus caídas, por los fosfatos del colapso que saben a tronco quemado, declives potásicos de un olor a bosque de Birnam. Me temes porque dejas un rastro útil. Ningún cohete que te pertenezca alcanzará las tantas terminaciones nerviosas de una galaxia. No hay combustible para alargar más la vida, ni para pulverizar el tejido tierno que cobijo entre mis estratos basales. Tu destrucción será reveladora, y llegarás, sí, a otra boca del mundo —muy equivocado si crees que serás inmune— y también allí tendrás que aprender a morir. 


Esta obra se ha realizado en el marco de una estancia de investigación en el Departamento de Bellas Artes de Iceland University of the Arts, Reikiavik, coordinada por Bjarki Bragason.